Jonathan CADAVID

Auto retrato - Jonathan Cadavid

Auto retrato - Jonathan Cadavid - "Somos Carne"

CARNE EN ARMONIA; ARMONIA ENCARNADA.

(Algo en torno a “Somos carne” de Jonathan Cadavid.)

En ocasiones corresponde una labor exclusivamente artística el tomar un elemento y rescatarlo del exceso de normalidad en que poco a poco termina imbuido, el cual no permite desnudar su esplendor estético, dado que se encuentra cubierto por un manto de trivialidad rutinaria que lo opaca. Sólo la percepción que es infinita puede volver a recomponer los atributos en su sitio.

En las pinturas de Jonathan Cadavid y su serie “Somos carne” puede encontrarse esa propensión, buena por sí misma. Su trabajo es joven y por eso curioso. De esa curiosidad que para nutrirse encuentra un filón interminable en la cotidianidad, cuya aparente pobreza de matices sólo puede evidenciar una carencia sensitiva interna en quien mira, que la mayoría acata a tranquilizar con la falsa excusa de la monotonía externa.

Jonathan, con observación de párvulo, con la misma virtud inefable que guarda la pregunta del niño, hace una indagación constante de esa cotidianidad. Y centra su atención en un elemento tan evidente que por eso es invisible: la carne. La carne en su versión cosificada más próxima a nosotros. La que vemos a diario, la que compramos. Las linfas, los cortes, los trozos, todo eso a menudo exhibido en carnicerías, sitios por los que él mismo se confiesa atraído a pesar de no dejar de verlos como sórdidos y repulsivos. Los recorre de seguido, fisgonea, lidia con vendedores y se la pasa fotografiando todo cuanto ejemplar se topa.

Luego, al elemento a secas, con su riqueza estética, lo trata de llevar a una transición en que se vuelva idea. El resultado son sus pinturas. De lo obtenido y su calidad y todo eso, que hable quien tenga esa regla que lo mida, esa especie de artenómetro de que todos hablan, que todos dicen usar y casi nadie muestra porque rara vez coincide. Lo que compete aquí, se repite, vale por sí solo y es el intento.

Sus pinturas muestran cómo se puede redescubrir un lugar común de la pobreza de su uso snob. De la carne se ha hecho uso y abuso de todas sus dimensiones semánticas. Y se ha llevado por todas las ramificaciones y todas las ideas a que puede conducir. A menudo, se usa, sobre todo en las artes visuales y audiovisuales. Quién no ha visto composiciones de mujeres ensangrentadas en actitud lúbrica, mientras devoran un corazón humano; o aquellas otras obras que hacen hincapié, no en la carne, sino en lo que representa: como recordatorio de lo falible de nuestra composición –la carne es débil- como materia común –la carne busca la carne- como advertencia de la finitud de la existencia –sólo de carne y hueso- etcétera, etcétera.

Un tema gastado provoca que haya muchas ramas por donde escapar, y olvidar en últimas la experiencia visual que produzca la obra, su motor entusiasta; que la pintura se valga de sí misma, sin acudir a lo que represente, sin recurrir a soportes externos. Fortalezas retóricas que casi siempre distorsionan la emoción primera del espectador frente al cuadro. Sólo una imagen sin artificios puede evitar este giro indebido y llevar en cambio a un punto de decantación.

En las pinturas de Jonathan late antes que nada una impresión por la estética de la carne, un asombro visual por su diseño; las ideas que justifiquen ese impulso, el famoso “concepto” ocupa un lugar independiente. La carne es rescatada de su humillante posición en el gancho de que pende, exhibida en una carnicería para ser pesada, medida, comprada, vendida, y sólo en último lugar, y apenas a veces, escudriñada en observancia.

No la sencillez que no es nada, sino la secreta y modesta complejidad, dice Borges en algún lado. Sus cuadros de porciones, los espacios modestos, -evocadores de carnicerías sucias- la luz natural que entra casi siempre por arriba, -a la manera del sol cuando se abren las puertas- los corazones reposados en platos, las porciones de carne cruda fileteada con cuchillos que todavía siguen ahí, en breve abandono, los trozos acecinados sobre la tabla de corte, común en toda cocina –el mismo Jonathan tiene una; dice que esa es la modelo más fiel-, toda esa aparente sencillez de los planos, se vuelve de repente un regaño a la percepción, por ser una imagen tan familiar en su suceder como irreconocible en su aspecto estilístico.

Pero el asunto no acaba allí. La serie “somos carne” se nutre de una grata paradoja. Si una parte de las pinturas nos muestra la carne en sus aconteceres usuales –exhibida en tiendas, sobre platos, etcétera- otras pinturas la presentan en composiciones visuales poco usuales –regada en lo que parece ser la mesa-exhibidor de una carnicería, y junto, y revueltos con ella, cuerpos desnudos que yacen desmadejados y confundidos entre las linfas, fundidos por tener la misma actitud de sopor, de suspensión elocuente.

Si con el primer grupo de pinturas –la carne en platos, y demás- se crea una sensación de familiaridad en la situación pero atipicidad en el descubrimiento estético, con el segundo grupo –el de los desnudos- se siente en cambio la atipicidad de la situación mostrada, pero lo familiar de la idea resultante. Ocurre entonces todo lo contrario porque los filetes de carne junto con los cuerpos, se muestran en una unidad discreta que no se excluye; y en cambio llevan a la hermandad que hace que no se repela la imagen, ni se juzgue de incomprensible, ni de atónita. Parece una imagen esperable aunque nunca se conozca, la cual aunque jamás vista, se muestra íntima por ser provocada desde el núcleo de nuestra propia prosapia. Ahí radica la encantadora paradoja, unida bajo el elemento evidentemente más común entre nosotros. Carne. Una alterada, esparcida en tajos y retazos por todos lados, cruda, roja. Otra más nativa, mostrada aún en estado unitario bajo la coraza de un cuerpo humano que yace tan exiguo como las demás “porciones”. Así, pareciera querer llegar a un uso de la carne, en tanto elemento que brinde la oportunidad de congraciarnos en torno a nuestras más elementales limitaciones; de deterioro, de uso, de espacio, de vida y de muerte.

Comparaciones y asociaciones externas de las pinturas de Jonathan y de “somos carne”, resultarían bastante fáciles de hacer. Pero dado lo común del tema –ya antes mencionado- no sería sino una salida cómoda que a menudo busca una parte de la crítica, asociando con muchas otros temas con que conectar eso de lo que se habla, y olvidando en últimas la ya mencionada impresión primaria que provoca la pintura. Por eso sólo se mencionarán aquí dos antecedentes, más por obligación que por voluntad de hacerlo.

Quien dude de la mera belleza implícita de la carne, y de su uso como tema de exquisitez artística en el campo visual, que torne a Rembrandt en el siglo XVII, o a alguien más contemporáneo como Lichtenstein.

Del primero baste mencionar “el buey desollado”, con la habilidad en las sombras y la certeza de su ojo, de cuyos comentarios a sus méritos estamos inundados. Del segundo, una de las más representativas obras del pop art; hablamos  de “chuleta”. Que guarda semejanza con algunas pinturas de Jonatan, en el hecho de mostrar el objeto en su diáfana representación, mostrando esa impresión que lleva a descubrir, en el caso de la carne, cómo de esta se puede llegar a concluir un aporte poco artístico, no por ella poseer fealdad ni mucho menos simplicidad, sino por la modestia vigente en el observador. Y es que en ambas obras la carne se muestra sin asombros de viscosidad o fachadas de sadismo. Son carne cruda en lugar de cruda carne. En ambas no hay ni siquiera sangre que brote. Por eso a continuación el siguiente comentario, realizado por un consagrado, sobre la obra “chuleta”, que bien podría usarse para la obra de Jonathan:

“Aquí la “porción” está completamente apagada, o bien, es imagen hasta el fondo: las fibras del músculo han entregado hasta la última gota de sangre, de tal manera que ya no tienen materia sino sólo diseño, contorno, que por lo demás alcanza su nítida elegancia, debida a la estilización mecánica impuesta por la trama.”[1]

A pesar del elemento protagónico en los cuadros de Jonathan, asociado a menudo con la viscosidad o crudeza, la composición en que esta se enmarca muestra a la carne más con un aspecto intimista de la conformación humana –más allá de lo material- que de violencia o estridencia. Hay más un culto por la hermandad de la materia que por el atributo sádico o de crudeza pendenciera en que suele asociársele. La horripilancia no juega un papel protagónico dentro de la trama del cuadro, y en los momentos en que tiene asomos –el ave carroñera picoteando las fibras de la muñeca de la joven- posee el sentido escueto que lo mantiene dentro de los precisos parámetros de la obra de arte. Sobre el asunto, Jonathan parece tener el camino claro. Afirma que lo terrible sigue siendo por encima de todo, un elemento artístico y una manifestación más de la belleza, diga de ser atrapada por el arte. Tanto los cantos celestiales como los rugidos salvajes tienen el impacto de la atracción hacia lo bello.

Las linfas junto con los cuerpos desnudos poseen la misma expresión inmutable y elocuente de naturalidad. Así como igual suspensión física. Los cuerpos se muestran hipotónicos, esparcidos a sus anchas en una alegre comunión inanimada con los filetes que les rodean. Como si pudieran ser tan fácilmente manipulados como los trozos de carne. Mostrando una especie de hermandad, en una intención de gemelar en un mismo marco visual la contextura de ambos elementos. El resultado es una imagen con garbo y originalidad.

Garbo en el perfil que muestra la carne y originalidad en la forma como llega la composición. La carne adviene con una incitación nueva. No es una incitación a su aspecto fágico, ni violento o crudo. Se trata de la carne como el elemento mínimo al que se reduce y del cual emana el parentesco que se mantiene con toda la vida circundante.

En la idea del catecismo de la iglesia católica, la carne es el primero de los tres enemigos del alma, dada su facultad de inclinarse hacia la lascivia. La tesis tiene una atracción intimidante aunque una pobreza lírica lamentable. De igual forma, se podría hablar aún más de este elemento, y enunciar todas las ideas a que remite. No obstante ello sólo provocaría un desfase entre la idea de la cosa y la cosa misma. Desfase del que se cuida la obra de Jonathan. En la manera como él ubica la idea de la carne en sus pinturas, ésta no termina situada en las antípodas de la remisión espiritual –a la manera de las tesis religiosas-.  En cambio, la carne se muestra en su forma de cuerpos hechos con el alma. La hermandad de la materia primaria propuesta. Una carne que expresa su espíritu de la manera más armónica a través de sus versátiles manifestaciones, entendida como brote de trascendencia y no como punto de anclaje con lo finito. Carne en armonía y armonía encarnada. La carne plasmada como ese “pariente delicado del gusano y el ángel”, de que hablaba Héctor Rojas Herazo. Como pieza encajable de un orden primario. La unión íntima que nos conecta con la naturaleza, la cual hace de nosotros, en tanto que carne, un engranaje más dentro de su desenvoltura circular que lleva con porfía maníaca e infinita. Ello hace que trascienda el manido sentido mundano y fútil con que suele hablarse de la carne; y que en cambio, ésta se vuelva el demiurgo que provoca la igualdad de la vida en cuanto a inicio y fin, materia y espíritu, presentes siempre en todo lo animado, tan comunes como insuperables.

Esa es la expresión lograda. Sencilla y por eso indescifrable. La compleja humildad de lo cotidiano y su conocimiento siempre incompleto.

Se trata sólo de trasmitir la incertidumbre, la pregunta por lo común de la existencia sucedida, erigida ante nosotros una y otra vez mediante esa “herencia de la carne” de que habla Hamlet en su famoso monólogo. Que nos une en todas sus manifestaciones emanadas de la materia carne. La duda no resuelta, y por eso de eterna vaguedad, sobre el milagro o la condena de lo compartido. Y en cualquiera de ambos casos, el menguante del apremio o la savia de la dicha.

Los cuerpos humanos –de carne por ser humanos- compartiendo con los tajos de carne –humana también por ser carne-, sin importar quien es quien, o qué es qué, o de quien es qué. La carne carnívora, autótrofa. Hombre y carne como unidad de existencia, fusión de adjetivo y sustantivo. Unidos bajo la certeza sobre la igualdad de la suerte a sufrir. Sobre la misma cercanía del origen, del pasado igual. Sobre el mismo recogimiento ante la irrupción súbita del futuro. La carne como al asomo de la muerte que se cuela por momentos para anunciar su llegada y por tanto la partida del anfitrión.

El hombre como un pedazo de carne más dentro de la naturaleza que no se ocupa de identificar y en cambio los trata a todos con una confundida indiferencia… en una indiferente confusión… El hombre como un pedazo de carne más que lo lleva a la revelación trágica y siempre vista, la de mostrarse como parte de una misma penumbra, de una misma desintegración definitiva.

 

Como el poema de Jaime Sabines:

Después de todo –pero después de todo-

Sólo se trata de acostarse juntos,

Se trata de la carne,

De los cuerpos desnudos,

Lámpara de la muerte en el mundo.

Gloria degollada, sobreviviente

Del tiempo sordomudo,

Mezquina paga de los que mueren juntos.

 

Por: Cristian Zapata.


[1] Barilli, Renato. El arte contemporáneo. Traducción: Carlos Arturo Fernández. Editorial Norma. Santa fé de Bogotá, 1998. Página 388.

ESTUDIOS REALIZADOS

Dibujo y Escultura Casa de la Cultura Itagüí (Un año) 2002

Maestría en Artes Plásticas UdeA (tres semestres) 2003

Bioingeniería (V semestre) 2004

 

EXPOSICIONES

INDIVIDUALES

Corporación Teatro LA TARTANA – Itagüí 2004

Café Arte LA BODEGUITA DEL MEDIO – Itagüí 2007

Muestra Primer Puesto VI Bienal Internacional de Arte SUBA – Bogotá 2008

Galería-Bar LA CAMERATA 1979 – Medellín 2008

COLECTIVAS

Muestra de Arte Religioso -Auditorio Biblioteca de Itagüí 2002

Muestra de Arte Religioso -Auditorio Biblioteca de Itagüí 2003

Muestra Cuatro Pintores UdeA – Auditorio Biblioteca de Itagüí 2007

Café Galería EL TALLER- Medellín 2007

Salón Departamental de Artes Visuales – Antigua gobernación 2007

IV Subasta de Arte UdeA – Jardín Botánico 2007

VI Bienal Internacional de Arte SUBA – Bogotá (primer puesto) 2008

OBRA PÚBLICA

Monumento a los 20 años de la tragedia de Villatina-Medellin 2007

Mural Histórico “VILLATINA, 20 años de la tragedia”-Medellin 2007

Altorrelieves, Arte en Peñas en La Montaña que Piensa-Itaguí 2009

Monumento a LOS HÉROES DEL CONFLICTO COLOMBO-PERUANO-Puerto Leguizamo-Putumayo 2010

PREMIOS

Primer Puesto VI Bienal Internacional de Arte SUBA – Bogotá 2008

Segundo Puesto Body Art XIX Semana de la Industria y la Cultura Itagüí 2008

Jonathan Cadavid - "Somos Carne"

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